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El hijo del minero PDF Imprimir Correo electrónico


 Sebastián siempre quiso ser famoso, desde que era muy pequeño, y en realidad lo era en toda la región, gracias a su carisma y simpatía que poseía. Pero no sólo eso, sino que también era poseedor de una talentosa voz que deleitaba y hacía menos pesado el día a todos en la mina donde laboraba su papá, y donde él iba a ayudar. 

 Aparte de su talento, también era admirado porque era un excelente hijo, estudiante y ser humano.  

 Habiendo terminado la escuela superior, decidió irse de casa en busca de su sueño: convertirse en un famoso cantante. Así que habló con sus padres y se despidió de los tantos amigos que tenia allí, y con gran tristeza dijo: “hasta pronto” a todos....

 Largas horas fueron de camino hasta llegar a su destino. Por fin, divisó por la ventana del autobús, algo que lo dejó maravillado: edificios de todos los tamaños, colores y formas; restaurantes de todo tipo de comida; gente de todas las razas; y coches que pitaban desesperados por pasar.... ¡Había llegado a la gran ciudad!

 -¡Woww, esto es increible!- Exclamó el muchacho. -¡Verdaderamente fenomenal!.

 La  noche había caído y Sebastián debía aún llegar a buscar qué comer y dónde pasar la noche. Tan pronto divisó un restaurante entró y pidió algo para comer. Pero al ver su aspecto de extranjero, no lo atendieron, echándolo del lugar. Desolado, siguió caminando con la única idea de encontrar donde dormir, y si era posible, algo de comer. Pero al llegar a un hotel, tampoco quisieron darle hospedaje.

 Casi sin ánimo, con sueño y hambre, siguió caminando sin rumbo fijo, pensando en qué iba a hacer. En eso, sintió que alguien le habló y le dijo: ¡Oye muchacho, atájate de la lluvia, te vas a resfriar!.. -¿Cómo?- preguntó confundido-; ya que inmerso en su problema, no se había percatado de que estaba cayendo un gran aguacero y de que se había alejado bastante de la ciudad.

 -Ven, -le invitó el hombre-, entra a mi casa en lo

que pasa la lluvia.

Al no tener más opción, Sebastián entró, un poco aturdido y desconfiado. Allí, el amable hombre, de nombre Rubén, le invitó de cenar. Después, le presentó a su familia. Emilia, su esposa y sus tres pequeños: Jaimito, Luisito y Marielita.  Todos eran encantadores y se portaron muy amables con él. 

 Cuando la lluvia paró, Sebastián se levantó y despidiéndose quiso marcharse, pero el señor y su familia, no le permitieron ir a ningún lado, pues ya era muy tarde como para que un chico de su edad anduviera solo por las oscuras calles de la ciudad. Le dieron cobijas y pasó la noche allí.

 Al día siguiente, el alboroto en la casa lo despertó. ¿Que sucede?- preguntó Sebastián. -Nada, muchacho, nada-, le dijo Rubén. -Sólo nos alistamos para ir a trabajar y llevar a los niños a la escuela.  

 El joven se levantó apurado, dio las gracias y se despidió, pero nuevamente lo invitaron a quedarse.

- Te propongo algo.-le dijo el Señor al chico- Ven conmigo a trabajar.

 -Pero yo nunca he trabajado, no sé hacer nada- explicó Sebastián. -No te preocupes. No tendrás que hacer nada, simplemente acompañarme en el taxi, pues soy taxista.

 -Esta bien, ¡Iré!- dijo el chico.

Emprendieron camino y mientras buscaban clientes, Sebastián le platicaba a su nuevo protector, de dónde era, de su familia y  por qué había venido a la ciudad. En eso, alguien hizo parada al taxi y se detuvieron para que abordara el pasajero. 

 Era una señora mayor que apenas podía caminar. Inmediatamente, Sebastián bajó del taxi, corrió hacia donde la anciana y con amabilidad la tomó del brazo ayudándola a subir. 

-Gracias, joven- es usted un ángel- dijo la mujer. 

 En el mismo lugar donde la dejaron había una mujer con tres hijos pequeños esperando un taxi. De la misma manera, Sebastián se bajó, la ayudó a subir y a acomodar a los pequeños en el auto. -Qué bueno es usted joven, gracias- dijo la mujer. 

 Pero por suerte, donde dejaron a la mujer había un hombre ciego, esperando un taxi. Sebastián, al igual lo ayudó con amabilidad y cuidado.

 El día pasó rápido y Rubén estaba feliz pues había sido un día muy productivo. Así que en cuanto llegó a casa, invitó a todos a cenar a un restaurante. Increíblemente, era el mismo donde días antes habían corrido a Sebastián. Entraron, se sentaron y ordenaron de comer. ¡La comida fue deliciosa!... Y cuando se disponían a salir, unos gritos del encargado del lugar los detuvo. El hombre estaba discutiendo con su cantante de planta, pues éste no quería cantar aquella noche. Al ver esto, Sebastián pensó: ¡Es mi oportunidad!... Así que, nervioso, se acercó al encargado y le dijo: Disculpe Señor, me fue inevitable escuchar su disputa, y si usted me lo permite, yo cantaré esta noche.

- ¿Tú?... ¡Ja,ja,ja,ja!- ambos soltaron la carcajada. 

 Sebastián sintió que la sangre le ardía, pero no olvidando su educación, dijo: Señor, no juzgue por lo que ve, simplemente deme la oportunidad de cantar y le aseguro que quedará satisfecho.

Más por curiosidad que por convencimiento, se lo permitió.

  Rubén y su familia estaban sorprendidos, pues no sabían que el chico sabia cantar, simplemente que quería ser famoso. 

 Sebastián subió al escenario. Todos lo miraban curiosos. La música empezó y una melodiosa voz llenó el restaurante completo. Al terminar, todos aplaudieron con alegría. ¡Era una maravilla lo que habían escuchado! 

 Inmediatamente, el dueño del lugar, que se encontraba allí y lo había escuchado cantar, se acercó a Sebastián y le dijo: ¡Lo que he oído es verdaderamente magistral! ¿Te gustaría trabajar aquí?- 

 El joven no lo pensó dos veces, era la oportunidad que estaba esperando, así que aceptó. Al poco tiempo de trabajar allí, llegó al local la misma anciana a quien semanas antes había ayudado a subir al taxi de su amigo y, para su sorpresa, era la mamá del dueño. ¡El mismo que le había dado el trabajo!

Al verlo, lo reconoció, lo abrazó e hizo todo lo que estuvo en sus manos para ayudar a Sebastián en su propósito. 

 Con el tiempo se hizo famoso y ganó suficiente dinero para comprar una hermosa casa a su padres y ayudar a Rubén a crear su propia compañía de taxis.... Y aunque famoso, nunca olvidó la humildad y principios que le habían inculcado y eso lo hizo aún más grande.

 Y colorín colorado, este cuento ha terminado!


 
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