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A fines del siglo XVI no había en toda la Nueva España otra pareja de mulas como las que tiraban la carroza del señor Virrey. Eran la envidia de todos los ricos y ganaderos de la capital de la colonia. Altas, pecho ancho; los cuatro remos finos y nerviosos como los de un reno; cabeza descarnada, y las movibles orejas y los negros ojos como los de un venado. Eran ligeras, y tan obedientes a las riendas, que el cochero decía que podía manejarlas con cordones de seda. Todos los días se levantaba el virrey a la aurora. Al pie de la escalera del palacio le esperaba el coche. Contemplaba con orgullo sus mulas; entraba en el carruaje; se santiguaba, y las mulas salían haciendo brotar chispas de las pocas piedras que se encontraban en el camino. Después de un largo paseo por los alrededores de la ciudad, llegaba el Virrey, poco antes de las ocho a la nueva catedral, que en aquel tiempo, y con gran actividad, se empezaba a construir porque la existente tenía muchas deficiencias. La obra iba muy adelantada, y trabajaban allí multitud de cuadrillas que, generalmente, se dividían por razas y castas. Unas de españoles, otras de indios, otras de mestizos y otras de negros, con fin de evitar choques, muy comunes, por desgracia, entre operarios de distinta raza. Había dos cuadrillas que se distinguían por la prontitud y esmero con que cada una de ellas desempeñaba los trabajos que se les encomendaban, y lo curioso era que una de ellas estaba compuesta de españoles y la otra de indios. El capataz de la cuadrilla española era un robusto asturiano ya macizo, llamado Pedro Noriega. De muy mal carácter, pero de muy buen corazón y muy trabajador. Luis de Rivera era el capataz la cuadrilla de indios, porque más aspecto tenía de indio que de español, aunque era mestizo y hablaba con gran facilidad a lengua de los castellanos y el idioma náhuatl o mexicano. No gozaba tampoco Luis de Rivera de un carácter angelical; era levantisco y pendenciero y ya había tenido que ver con la ley, por sus pleitos. Por desgracia las dos cuadrillas tuvieron que trabajar muy cerca la una de la otra, y cuando Pedro Noriega se enfadaba con los suyos les gritaba: ¡españoles brutos, parecen indios! Rivera contestaba gritándoles a los suyos ¡Indios tan animales parecen españoles! Y los gritos se repetían todo el día. No cuidaron los directores de la obra de separar aquellas cuadrillas y los resultados tuvieron que venir, y los capataces llegaron no a la manos, sino a las armas, pues los dos andaban ya preparados porque esperaban el lance. Le tocó la peor parte al mestizo que cayó muerto de una puñalada. Aquello se convirtió en un tumulto y gran pelea entre todos los trabajadores. Tuvieron que venir las autoridades y tropas del palacio a separarlos. Se levantó el cadáver del Luis de Rivera, y Noriega fue llevado a prisión. Como el virrey estaba muy indignado, los señores de la Audiencia quisieron complacer al Virrey y teniendo en cuenta que una cédula decía que los crímenes de españoles contra los naturales del país se castigaran con más severidad, en quince días se terminó el proceso y Pedro Noriega fue sentenciado a la horca. No valieron esfuerzos y ruegos de los vecinos, ni los halagos de la virreina, ni siquiera la influencia del obispo. El Virrey negó perdón a Noriega, alegando que se debía de dar un escarmiento ejemplar. La familia de Noriega que se reducía a su esposa y una guapa hija de 18 años, todos los días pasaban largas horas a las escaleras del palacio esperando ver al Virrey para arrojarse a sus pies, como lo habían hecho una y otra vez. Mucha veces esperaron cerca del coche que el Virrey iba a montar y contaban sus cuitas al cochero, que era un joven soltero español, que bien quisiera ayudarlas, pero si el Virrey no había oído suplicas de poderosos, menos oiría su petición a favor de las damas, por más que le enternecieran las lágrimas de la madre y los ojazos negros de la hija. Y sin embargo, todavía la víspera del día fijado para la ejecución les decía a las mujeres que tuvieran fe, que podría ocurrir algún milagro... y a las pobres mujeres no les quedaba otra cosa que esperar en los milagros, y en las palabras del cochero ponían su esperanza... esperando lo inesperado.... Y así llegó la mañana del día de la ejecución. Apoyado en los brazos de los sacerdotes que lo confortaban salió Noriega camino al patíbulo. En cada esquina se detenía el cortejo que se componía de muchos curiosos, Y en cada esquina el pregonero gritaba: “Esta es la justicia que se manda hacer con este hombre, por el homicidio cometido en la persona de Luis de Rivera: que sea ahorcado” El virrey aquella mañana montó en su carroza preocupado y sin detenerse, como de costumbre, a examinar su pareja de mulas. El cochero agitó las riendas y los animales partieron al trote. Un cuarto de hora pasó el virrey entregado a sus meditaciones, mas de pronto sintió una violenta sacudida, y la rapidez de la marcha aumentó de manera notable. Al principio puso poca atención, pero a cada momento era más rápida la carrera. Su excelencia sacó la cabeza por la ventanilla y preguntó al cochero qué pasaba. --Señor, que se han espantado estos animales y se han desbocado y no obedecen. Y el carruaje atravesaba calles, callejones y plazas; doblaba veloz las esquinas, pero sin chocar nunca contra los muros. El Virrey era hombre de corazón y decidió esperar el resultado de aquello, pues tenía confianza en su cochero. Así que se acomodó de modo que no se fuera a lastimar con las sacudidas y cerró los ojos. Repentinamente se detuvieron las mulas. Volvió a sacar la cabeza el virrey por la ventanilla y se encontró rodeado de una gran multitud de hombre mujeres y niños que gritaban gozosos: ¡Indultado! ¡Indultado!. La carroza del Virrey había llegado a encontrarse con la comitiva que conducía a Noriega al patíbulo; y como era ley que si los virreyes se encontraban a un hombre que iba a ser ejecutado, esto valía el indulto al condenado, de manera que Noriega con aquel encuentro feliz quedó indultado. Regresó el Virrey al palacio, no sin llevar cierta complacencia porque había salvado la vida de un hombre sin menoscabo de su energía. Devolvieron a Noriega a la cárcel y todos creyeron que aquello era un milagro patente. Los más suspicaces decían que el cochero ‘‘había ayudado’’ a que el milagro ocurriera, y más se habló, cuando a los tres meses el cochero se casó con la hija de Noriega. También cuenta la leyenda que ese suceso dio motivo a la Cédula Real que ordenaba que en día de ejecuciones los virreyes no salieran de Palacio. Basado en un cuento de V. Riva Palacio (1805-1872).
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De autor desconocido, hoy les mostramos este “misterioso”, pero interesante cuento, escrito en forma de verso.Con paso seguro y turbia mirada, y esgrimiendo un sable en vez de espada iba don Mateo por los andurriales buscando aventuras por lo matorrales. De pronto oyó un grito en un callejón y allá dirijiose sin vacilación.
Llegó presuroso a la angosta calle, se atusó el bigote, se compuso el talle y al no ver a nadie comenzó a dar gritos: “No fuyáis fuyones, fantasmas malditos que yo soy un hombre aquí y donde quiera, pues así lo dijo hasta la partera, que fue la primera en hacerme un cariño cuando al mundo vine en forma de niño.
Aquí llegó un hombre y viene enojado, por eso es que el pelo lo traigo erizado. porque no me peino ni con vaselina ni con goma laca ni con trementina.
Aquí llegó un hombre, yo soy don Mateo, que si no soy guapo, tampoco soy feo. Mi padre fue un hombre formal y fornido, mi madre no sé lo que haya sido, pero lo adivino por lo que me cuentan y ardo de rabia cuando me la mientan.
Mientras él hablaba, desde hacía ya un rato, allá en un tejado lo miraba un gato. Un gato rollizo, un negro minino de cola muy larga y pelo muy fino.
Y de tantos gritos que dio don Mateo al pobre minino le pegó un mareo. De una voltereta cayó del tejado y aunque don Mateo quiso hacerse a un lado, recibió un gatazo tan fuerte en el lomo, que al momento dijo: “ de esto yo no como”
Y fue tanto el susto y la conmoción, que el pobre Mateo pensó que era un león. Y perdiendo a un tiempo su gracia y donaire, tiraba sablazos al cielo y al aire, hasta que rendido ya de la fatiga, al suelo cayó de pura barriga, con tan mala pata que su arma mohosa, lo ensartó lo mismo que a una mariposa.
Hizo un feo gesto, pronunció un vocablo y entregó su alma en manos del diablo. Pues dicen que el diablo era aquel minino de cola muy larga y pelo muy fino. Y desde ese entonces, sin otra razón, callejón del gato fue ese callejón...
Así cuentan la leyenda del callejón del gato... y aquí la contamos para divertirlos un rato y para que siga la tradición. Lic. Vidriera.
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Leyenda de la vieja España En los tiempos en que los árabes todavía gobernaban en partes de España, allá por el año 1445, vivía en Sevilla un modesto comerciante en telas, llamado Aben-Jasuf, ya entrado en años y viudo. Vivía con su hermosa hija llamada Zoraya. El negocio de Aben-Jasuf le daba para atender a sus necesidades y vivía contento, porque había podido dar una vida cómoda a su hija, que había crecido lozana y hermosa como pocas en Sevilla. A pesar de estar contento con su suerte, Aben-Jasuf era un hombre adusto, de pocas palabras y pocas sonrisas. Contrario al carácter de su hija que siempre fue una niña alegre, vivaracha y amorosa y atenta con su padre. Pocas veces acompañaba Zoraya a su padre en sus negocios, pues casi no salía de su casa, pero siempre que aparecía en la calle, aunque fuera acompañada de su padre, tanto árabes como cristianos admiraban la belleza de la morisca, de hermosas y atractivas formas aunque no llegaba aún a los 18 años; pero sobre todo les atraían aquellos hermosos ojos negros de mirada profunda y misteriosa, llenos de promesas de amor y pasión. Sobra decir que su padre la cuidaba con el celo con que se cuida una valiosa joya. No sabía Zoraya de las cosas del mundo, mas que lo que su padre le contaba y no conocía más tierra que la de la calle de su casa a la tienda y el cielo que veía desde el patio de su casa. Para los árabes había dos cosas muy sagradas, el Corán y sus mujeres. Y el padre de Zoraya, aunque confiaba en la bondad natural de la joven y sabía que era una muchacha virtuosa, no descuidaba nunca su casa. Por eso cuando empezó a notar cierta tristeza en su hija, falta de apetito y unas ojeras que afeaban sus lindos ojos y el color brillante de su rostro, que se fue volviendo de una palidez extraña, pensó que alguna enfermedad seria la acosaba. Lejos estaba de pensar Aben-Jasuf que aquellos síntomas fueran de enamoramiento, tenía que ser alguna enfermedad, y pronto buscó auxilio, pero las atenciones del mejor médico no la pudieron salvar. La fiebre subió altísima, luego cayó la joven en un letargo del que ya nunca despertó. Alah lo quiso, murmuraba el desventurado Aben-Jasuf con frases entrecortadas por el llanto... Pasaron los días, pero no la pena, hasta que un día encontró fuerzas Aben Jasuf para a entrar al cuarto donde murió su hija, que había estado cerrado desde entonces. Largas horas pasó encerrado en el cuarto y al fin se le vio salir con el rostro demudado. Cerró su tienda y se dirigió al Alcázar. “Necesito ver al rey, -dijo a al alcalde-, vengo a pedir justicia”. Gobernaba en el Alcázar de Sevilla el rey Ebu-Abed, hombre poderoso, noble y justo. Cuando Aben-Jasuf fue recibido, con mucho respeto y grande dolor expuso ante el rey que en el cofrecito de su hija había encontrado varias cartas de donde concluía que su hija había preferido morir para evitar a su padre la vergüenza de verla deshonrada. Una de las cartas decía muy claro: “Por Alah te pido no hables de morir. Dices que es muy tarde y que tu resolución está tomada, pero debes de saber que si alguna afrenta a causado mi amor, yo estaría dispuesto a lavarla con mi sangre, pero tú no debes morir, Zoraya mía”. Muy clara estaba firmada la carta con el nombre de Abul-Zaid con caracteres árabes. --Señor, -decía Aben-Jasuf- A tus plantas me he arrojado escondiendo el rostro que enrojece el deshonor. Haced que me levante con la promesa y seguridad de que la sangre del malvado borrará la deshonra, ya que no puede borrar la amargura que es eterna noche de mi vida. El sultán aseguró a Aben Jasuf que se haría justicia, y después de algunos días, por fin se pudo encontrar al individuo que se llamaba Abul-Zaid. Era un joven de arrogante figura, que cuando supo de qué se le acusaba aseguró que nunca en su vida había visto a la hija de Aben-Jasuf, mucho menos haber tenido tratos con ella, y que apenas había llegado a la ciudad donde nunca antes había estado. Pero sus alegatos fueron inútiles. Las orden de Ebu-Abed fue que lo decapitaran en público, una vez que se hubiera pregonado su delito, para que sirviera de escarmiento a todos en Sevilla, tanto a árabes como a cristianos. Cuando llegó el día en que se cumpliría la sentencia, la plaza estaba llena de rostros poseídos por el espanto, pero nadie se animaba a levantar la menor protesta o petición de perdón, Si Ebu-Abend lo ordenaba, eso sería la voluntad de Alah. Trajeron al reo que gritaba alarmado su inocencia. El sol destellaba en la cimitarra del verdugo, pero cuando el oficial iba a dar la orden... se oyó el tropel de un caballo que se acercaba atropellando a los que le estorbaban. Era un español gritando en árabe, ¡Alto, por el amor de Dios, Alto!! Nadie entendía lo que estaba pasando. El perdón no podía ser, la justicia era inflexible y en todo caso no sería un cristiano el mensajero del sultán. De entre la multitud se adelantó Aben-Jasuf, el padre de Zoraya e interrogó al caballero. –¿Qué traes, cristiano, por qué en nombre de Alah, pides la vida de este infame que olvidó nuestras leyes y ultrajó mis canas? –Aben-Jasuf. -contestó el español- este hombre es inocente. Lejos de Sevilla me encontraba cuando me enteré de que iba a ser ejecutado un hombre inocente. Que lo sepan todos, que lo sepa tu rey y tu justicia. Yo fui el que seduje a Zoraya. Yo el que hizo los escritos, yo el que creyendo inventar un nombre cualquiera puse el de este infeliz al que ha condenado la ley de la tierra, que a veces se equivoca, pero a mí me ha condenado mi conciencia y esa nunca se equivoca. Los dos fueron llevados ante el rey que admiró el valor del cristiano, dejó en libertad a Abul-Zaid, y al cristiano lo mandó a la cárcel, mientras llegaba la fecha en que expiaría su culpa. Pero cuando a los tres días fueron a buscarlo a la celda, encontraron con se había escapado. Algunos pensaron que había inventado la historia para salvar a Abul-Zaid de la muerte. El viejo Aben-Jasuf ya no pensaba tanto en la venganza, todos eso acontecimientos y la tristeza lo estaban acabando de envejecer. Cerraba temprano su tienda y se recogía en su casa. A los pocos días de la desaparición del cristiano, una noche en que Aben-Jasuf metía la llave en la cerradura de la puerta de su casa sintió que algo o alguien rozaba su turbante con isistencia, volteó a todos lados y no vio a nadie ni escuchó nada, de manera que no le dio importancia y entró y cerró su puerta. Pero al día siguiente a los primeros rayos del alba, los madrugadores vieron sobre la puerta de la casa de Aben-Jasuf, pendiente de una cuerda atada a las rejas del balcón del cuarto de Zoraya, el cuerpo del cristiano prófugo, con un escrito bien asido en su mano “Justicia que hace a sí mismo un noble hijo de Castilla. Zoraya no debió morir por mi culpa, yo debí haber muerto por ella”. La leyenda dice que el rey Ebu-Abed, impresionado con el valor del castellano, mandó que su cuerpo fuera enterrado con muchos honores... Así lo cuenta la leyenda y así lo contamos nosotros....
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Por: Maso Hace muchos, muchos años que vivió en Tebas, Egipto, un hombre llamado Abul Chetón. Tenía Abul un deseo muy grande de hacerse rico. Su ambición era tanta que todo el tiempo andaba tramando algo; buscando algo que lo hiciera inmensamente rico y muy poderoso.
Sobra decir que muchos de sus intentos fracasaron. Una vez descubrió una pasta muy blanca que con agua hacía una espuma muy negra, la llamó jabón y la vendió para lavar la ropa, pero pronto descubrieron que lo único que hacía era espuma, pero no lavaba. Luego empezó a vender cebo de camello para las lámparas; parecía que iba a ser buen negocio. Todo empezó una vez que le tocó ver un camello que se incendió con todo y carga en el desierto, notó Abul que la joroba del camello ardió por mucho tiempo. Experimentó y comprobó que el cebo de camello era buen combustible para lámparas. Compró muchos camellos, pero cuando el negocio empezaba a florecer, vino alguien con aceite de palma, luego alguien vino con aceite de oliva que olía mejor y era más barato y Abul se quedó con manadas y manadas de camellos de los que alcanzó a vender algunos antes de que se le murieran de flacos, pero allí perdió todo lo que había ganado.
Sin embargo, no se daba por vencido, parecía que los fracasos lo acicateaban a seguir buscando... Y siguió buscando... y siguió fracasando.
Una de esas veces que andaba por los campos fracasado, huyendo de los acreedores, sin que por eso dejara de seguir pensando en algo que lo enriqueciera, le tocó la suerte de ver una mariposa en el mismo momento en que completaba su transformación y salía de su encierro con unas grandes alas de hermosos colores. Abul en ese momento se olvidó de su ambición, y fascinado se dedicó por un tiempo a estudiar las mariposas y su metamorfosis. Le maravilló mucho ese proceso por el cual un gusano feo se envuelve con ciertos materiales en un capullo y después de un tiempo sale convertido en una bella criatura. En un animal totalmente diferente.
En aquellos tiempos las mariposas eran mucho más grandes que las que hoy vemos. Había entonces algunas del tamaño de un hombre y de formas, texturas y colores que las hacían mucho más impresionantes y hermosas que las actuales.
No pasó mucho tiempo para que el interés al dinero se sobrepusiera al interés científico y Abul Chetón empezara a buscar la forma de hacerse rico con ese descubrimiento y esta vez sí lo logró.
Montó, en la ciudad de Tebas un taller de embalsamamientos, donde mostraba las varias etapas de la transformación de una oruga en una mariposa y convenció a muchos de que había descubierto la forma de convertirlos, después de muertos, en "ángeles mariposas", gracias a la envoltura especial, que sólo él conocía.
Nunca falta gente que crea las historias más fantásticas, y cuando se trata de historias que garanticen una vida mejor después de la muerte, las creemos sin preguntar ni pensar. Convenció a algunos de los más ricos, les movió la vanidad y el trabajo fue que cayeran en la trampa los primeros, los demás vinieron en tropel. Pronto, todos los pudientes de Tebas y alrededores le llevaban sus muertos a Abul Chetón para que los embalsamara y los envolviera en forma parecida a las orugas, esperando que después de un tiempo, los muertos saldrían de sus envolturas convertidos en hermosas "mariposas-ángeles".
Fue así como aquel hombre logró por fin su intento de hacerse rico. Y muy rico que se hizo, porque los ricos y los poderosos fueron los más interesados en ser embalsamados al morir, y las envolturas fueron cada vez más y más extravagantes y caras, porque según las calidad y finura de las envolturas sería la forma en que reaparecerían después de muertos. Pero si Abul Chetón se hizo rico, las orugas humanas siguen todavía esperando salir de sus embalsamamientos convertidas en bellas mariposas. Aún hoy en día, los arqueólogos siguen encontrando en las ruinas egipcias las hechuras de Abul Chetón. Dicen que a algunos poderosos los convenció de ser enterrados en gigantescas pirámides. Que a algún joven rey le adelantó tres envolturas diferentes, augurándole tres consecutivas reapariciones como "ángel-mariposa"; y que fue Abul Chetón el que inventó los ángeles, lo cual no está comprobado.
Lo que sí es cierto es que Abul Chetón se hizo rico rápido, aunque tuvo que salir de Tebas cuando algunos empezaron a sospechar que les había tomado el pelo. Pero el negocio siguió, la idea había gustado y, con algunos cambios, sus descendientes siguen vendiendo vidas maravillosas después de la muerte.... y los descendientes de las momias las siguen comprando.
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