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Leer para creer
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Qué terrible reacción la de un niño saudí de cuatro años, quien al darse cuenta que su padre no le compró un PlayStation lo mató... esta nota sí que tiene que Leerla para poder Creerla! El periódico estatal Al Sharq, que cita al portavoz de la Policía de la zona de Gazan, general Abdel Rahman al Zahani, explica que el menor, al darse cuenta de que su padre no le había traído la consola, tomó la pistola de su progenitor y le disparó. El niño aprovechó el momento en que su padre dejó el arma sobre una mesa para ir a cambiarse de ropa. Al Zahani agrega que la bala entró en el cráneo del padre por la ceja izquierda y causó su muerte instantánea. La policía saudí abrió una investigación sobre este incidente, concluyó el portavoz.
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Cuentos y Leyendas
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Leyenda de la vieja España En los tiempos en que los árabes todavía gobernaban en partes de España, allá por el año 1445, vivía en Sevilla un modesto comerciante en telas, llamado Aben-Jasuf, ya entrado en años y viudo. Vivía con su hermosa hija llamada Zoraya. El negocio de Aben-Jasuf le daba para atender a sus necesidades y vivía contento, porque había podido dar una vida cómoda a su hija, que había crecido lozana y hermosa como pocas en Sevilla. A pesar de estar contento con su suerte, Aben-Jasuf era un hombre adusto, de pocas palabras y pocas sonrisas. Contrario al carácter de su hija que siempre fue una niña alegre, vivaracha y amorosa y atenta con su padre. Pocas veces acompañaba Zoraya a su padre en sus negocios, pues casi no salía de su casa, pero siempre que aparecía en la calle, aunque fuera acompañada de su padre, tanto árabes como cristianos admiraban la belleza de la morisca, de hermosas y atractivas formas aunque no llegaba aún a los 18 años; pero sobre todo les atraían aquellos hermosos ojos negros de mirada profunda y misteriosa, llenos de promesas de amor y pasión. Sobra decir que su padre la cuidaba con el celo con que se cuida una valiosa joya. No sabía Zoraya de las cosas del mundo, mas que lo que su padre le contaba y no conocía más tierra que la de la calle de su casa a la tienda y el cielo que veía desde el patio de su casa. Para los árabes había dos cosas muy sagradas, el Corán y sus mujeres. Y el padre de Zoraya, aunque confiaba en la bondad natural de la joven y sabía que era una muchacha virtuosa, no descuidaba nunca su casa. Por eso cuando empezó a notar cierta tristeza en su hija, falta de apetito y unas ojeras que afeaban sus lindos ojos y el color brillante de su rostro, que se fue volviendo de una palidez extraña, pensó que alguna enfermedad seria la acosaba. Lejos estaba de pensar Aben-Jasuf que aquellos síntomas fueran de enamoramiento, tenía que ser alguna enfermedad, y pronto buscó auxilio, pero las atenciones del mejor médico no la pudieron salvar. La fiebre subió altísima, luego cayó la joven en un letargo del que ya nunca despertó. Alah lo quiso, murmuraba el desventurado Aben-Jasuf con frases entrecortadas por el llanto... Pasaron los días, pero no la pena, hasta que un día encontró fuerzas Aben Jasuf para a entrar al cuarto donde murió su hija, que había estado cerrado desde entonces. Largas horas pasó encerrado en el cuarto y al fin se le vio salir con el rostro demudado. Cerró su tienda y se dirigió al Alcázar. “Necesito ver al rey, -dijo a al alcalde-, vengo a pedir justicia”. Gobernaba en el Alcázar de Sevilla el rey Ebu-Abed, hombre poderoso, noble y justo. Cuando Aben-Jasuf fue recibido, con mucho respeto y grande dolor expuso ante el rey que en el cofrecito de su hija había encontrado varias cartas de donde concluía que su hija había preferido morir para evitar a su padre la vergüenza de verla deshonrada. Una de las cartas decía muy claro: “Por Alah te pido no hables de morir. Dices que es muy tarde y que tu resolución está tomada, pero debes de saber que si alguna afrenta a causado mi amor, yo estaría dispuesto a lavarla con mi sangre, pero tú no debes morir, Zoraya mía”. Muy clara estaba firmada la carta con el nombre de Abul-Zaid con caracteres árabes. --Señor, -decía Aben-Jasuf- A tus plantas me he arrojado escondiendo el rostro que enrojece el deshonor. Haced que me levante con la promesa y seguridad de que la sangre del malvado borrará la deshonra, ya que no puede borrar la amargura que es eterna noche de mi vida. El sultán aseguró a Aben Jasuf que se haría justicia, y después de algunos días, por fin se pudo encontrar al individuo que se llamaba Abul-Zaid. Era un joven de arrogante figura, que cuando supo de qué se le acusaba aseguró que nunca en su vida había visto a la hija de Aben-Jasuf, mucho menos haber tenido tratos con ella, y que apenas había llegado a la ciudad donde nunca antes había estado. Pero sus alegatos fueron inútiles. Las orden de Ebu-Abed fue que lo decapitaran en público, una vez que se hubiera pregonado su delito, para que sirviera de escarmiento a todos en Sevilla, tanto a árabes como a cristianos. Cuando llegó el día en que se cumpliría la sentencia, la plaza estaba llena de rostros poseídos por el espanto, pero nadie se animaba a levantar la menor protesta o petición de perdón, Si Ebu-Abend lo ordenaba, eso sería la voluntad de Alah. Trajeron al reo que gritaba alarmado su inocencia. El sol destellaba en la cimitarra del verdugo, pero cuando el oficial iba a dar la orden... se oyó el tropel de un caballo que se acercaba atropellando a los que le estorbaban. Era un español gritando en árabe, ¡Alto, por el amor de Dios, Alto!! Nadie entendía lo que estaba pasando. El perdón no podía ser, la justicia era inflexible y en todo caso no sería un cristiano el mensajero del sultán. De entre la multitud se adelantó Aben-Jasuf, el padre de Zoraya e interrogó al caballero. –¿Qué traes, cristiano, por qué en nombre de Alah, pides la vida de este infame que olvidó nuestras leyes y ultrajó mis canas? –Aben-Jasuf. -contestó el español- este hombre es inocente. Lejos de Sevilla me encontraba cuando me enteré de que iba a ser ejecutado un hombre inocente. Que lo sepan todos, que lo sepa tu rey y tu justicia. Yo fui el que seduje a Zoraya. Yo el que hizo los escritos, yo el que creyendo inventar un nombre cualquiera puse el de este infeliz al que ha condenado la ley de la tierra, que a veces se equivoca, pero a mí me ha condenado mi conciencia y esa nunca se equivoca. Los dos fueron llevados ante el rey que admiró el valor del cristiano, dejó en libertad a Abul-Zaid, y al cristiano lo mandó a la cárcel, mientras llegaba la fecha en que expiaría su culpa. Pero cuando a los tres días fueron a buscarlo a la celda, encontraron con se había escapado. Algunos pensaron que había inventado la historia para salvar a Abul-Zaid de la muerte. El viejo Aben-Jasuf ya no pensaba tanto en la venganza, todos eso acontecimientos y la tristeza lo estaban acabando de envejecer. Cerraba temprano su tienda y se recogía en su casa. A los pocos días de la desaparición del cristiano, una noche en que Aben-Jasuf metía la llave en la cerradura de la puerta de su casa sintió que algo o alguien rozaba su turbante con isistencia, volteó a todos lados y no vio a nadie ni escuchó nada, de manera que no le dio importancia y entró y cerró su puerta. Pero al día siguiente a los primeros rayos del alba, los madrugadores vieron sobre la puerta de la casa de Aben-Jasuf, pendiente de una cuerda atada a las rejas del balcón del cuarto de Zoraya, el cuerpo del cristiano prófugo, con un escrito bien asido en su mano “Justicia que hace a sí mismo un noble hijo de Castilla. Zoraya no debió morir por mi culpa, yo debí haber muerto por ella”. La leyenda dice que el rey Ebu-Abed, impresionado con el valor del castellano, mandó que su cuerpo fuera enterrado con muchos honores... Así lo cuenta la leyenda y así lo contamos nosotros....
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Cuentos y Leyendas
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A fines del siglo XVI no había en toda la Nueva España otra pareja de mulas como las que tiraban la carroza del señor Virrey. Eran la envidia de todos los ricos y ganaderos de la capital de la colonia. Altas, pecho ancho; los cuatro remos finos y nerviosos como los de un reno; cabeza descarnada, y las movibles orejas y los negros ojos como los de un venado. Eran ligeras, y tan obedientes a las riendas, que el cochero decía que podía manejarlas con cordones de seda. Todos los días se levantaba el virrey a la aurora. Al pie de la escalera del palacio le esperaba el coche. Contemplaba con orgullo sus mulas; entraba en el carruaje; se santiguaba, y las mulas salían haciendo brotar chispas de las pocas piedras que se encontraban en el camino. Después de un largo paseo por los alrededores de la ciudad, llegaba el Virrey, poco antes de las ocho a la nueva catedral, que en aquel tiempo, y con gran actividad, se empezaba a construir porque la existente tenía muchas deficiencias. La obra iba muy adelantada, y trabajaban allí multitud de cuadrillas que, generalmente, se dividían por razas y castas. Unas de españoles, otras de indios, otras de mestizos y otras de negros, con fin de evitar choques, muy comunes, por desgracia, entre operarios de distinta raza. Había dos cuadrillas que se distinguían por la prontitud y esmero con que cada una de ellas desempeñaba los trabajos que se les encomendaban, y lo curioso era que una de ellas estaba compuesta de españoles y la otra de indios. El capataz de la cuadrilla española era un robusto asturiano ya macizo, llamado Pedro Noriega. De muy mal carácter, pero de muy buen corazón y muy trabajador. Luis de Rivera era el capataz la cuadrilla de indios, porque más aspecto tenía de indio que de español, aunque era mestizo y hablaba con gran facilidad a lengua de los castellanos y el idioma náhuatl o mexicano. No gozaba tampoco Luis de Rivera de un carácter angelical; era levantisco y pendenciero y ya había tenido que ver con la ley, por sus pleitos. Por desgracia las dos cuadrillas tuvieron que trabajar muy cerca la una de la otra, y cuando Pedro Noriega se enfadaba con los suyos les gritaba: ¡españoles brutos, parecen indios! Rivera contestaba gritándoles a los suyos ¡Indios tan animales parecen españoles! Y los gritos se repetían todo el día. No cuidaron los directores de la obra de separar aquellas cuadrillas y los resultados tuvieron que venir, y los capataces llegaron no a la manos, sino a las armas, pues los dos andaban ya preparados porque esperaban el lance. Le tocó la peor parte al mestizo que cayó muerto de una puñalada. Aquello se convirtió en un tumulto y gran pelea entre todos los trabajadores. Tuvieron que venir las autoridades y tropas del palacio a separarlos. Se levantó el cadáver del Luis de Rivera, y Noriega fue llevado a prisión. Como el virrey estaba muy indignado, los señores de la Audiencia quisieron complacer al Virrey y teniendo en cuenta que una cédula decía que los crímenes de españoles contra los naturales del país se castigaran con más severidad, en quince días se terminó el proceso y Pedro Noriega fue sentenciado a la horca. No valieron esfuerzos y ruegos de los vecinos, ni los halagos de la virreina, ni siquiera la influencia del obispo. El Virrey negó perdón a Noriega, alegando que se debía de dar un escarmiento ejemplar. La familia de Noriega que se reducía a su esposa y una guapa hija de 18 años, todos los días pasaban largas horas a las escaleras del palacio esperando ver al Virrey para arrojarse a sus pies, como lo habían hecho una y otra vez. Mucha veces esperaron cerca del coche que el Virrey iba a montar y contaban sus cuitas al cochero, que era un joven soltero español, que bien quisiera ayudarlas, pero si el Virrey no había oído suplicas de poderosos, menos oiría su petición a favor de las damas, por más que le enternecieran las lágrimas de la madre y los ojazos negros de la hija. Y sin embargo, todavía la víspera del día fijado para la ejecución les decía a las mujeres que tuvieran fe, que podría ocurrir algún milagro... y a las pobres mujeres no les quedaba otra cosa que esperar en los milagros, y en las palabras del cochero ponían su esperanza... esperando lo inesperado.... Y así llegó la mañana del día de la ejecución. Apoyado en los brazos de los sacerdotes que lo confortaban salió Noriega camino al patíbulo. En cada esquina se detenía el cortejo que se componía de muchos curiosos, Y en cada esquina el pregonero gritaba: “Esta es la justicia que se manda hacer con este hombre, por el homicidio cometido en la persona de Luis de Rivera: que sea ahorcado” El virrey aquella mañana montó en su carroza preocupado y sin detenerse, como de costumbre, a examinar su pareja de mulas. El cochero agitó las riendas y los animales partieron al trote. Un cuarto de hora pasó el virrey entregado a sus meditaciones, mas de pronto sintió una violenta sacudida, y la rapidez de la marcha aumentó de manera notable. Al principio puso poca atención, pero a cada momento era más rápida la carrera. Su excelencia sacó la cabeza por la ventanilla y preguntó al cochero qué pasaba. --Señor, que se han espantado estos animales y se han desbocado y no obedecen. Y el carruaje atravesaba calles, callejones y plazas; doblaba veloz las esquinas, pero sin chocar nunca contra los muros. El Virrey era hombre de corazón y decidió esperar el resultado de aquello, pues tenía confianza en su cochero. Así que se acomodó de modo que no se fuera a lastimar con las sacudidas y cerró los ojos. Repentinamente se detuvieron las mulas. Volvió a sacar la cabeza el virrey por la ventanilla y se encontró rodeado de una gran multitud de hombre mujeres y niños que gritaban gozosos: ¡Indultado! ¡Indultado!. La carroza del Virrey había llegado a encontrarse con la comitiva que conducía a Noriega al patíbulo; y como era ley que si los virreyes se encontraban a un hombre que iba a ser ejecutado, esto valía el indulto al condenado, de manera que Noriega con aquel encuentro feliz quedó indultado. Regresó el Virrey al palacio, no sin llevar cierta complacencia porque había salvado la vida de un hombre sin menoscabo de su energía. Devolvieron a Noriega a la cárcel y todos creyeron que aquello era un milagro patente. Los más suspicaces decían que el cochero ‘‘había ayudado’’ a que el milagro ocurriera, y más se habló, cuando a los tres meses el cochero se casó con la hija de Noriega. También cuenta la leyenda que ese suceso dio motivo a la Cédula Real que ordenaba que en día de ejecuciones los virreyes no salieran de Palacio. Basado en un cuento de V. Riva Palacio (1805-1872).
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Leer para creer
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Una mujer tiene ataques de pánico por el simple hecho de contemplar un botón, aunque ella admite que es un comportamiento irracional, pero no lo puede controlar... esto sí que tiene que Leerlo para poder Creerlo! "Es posible desarrollar una fobia acerca de casi cualquier cosa, aunque en este caso se trate de algo poco común. Louise Francis fue capaz de identificar el origen de su fobia, por un evento infantil desagradable asociado con botones, es absolutamente típica", explica el Doctor Dawn Harper, especialista en fobias. En una ocasión sufrió un episodio muy vergonzoso cuando realizaba compras en una tienda, se disponía a pagar y vio que el cajero tenía en la muñeca una pulsera hecha de botones. "Su pulsera se me acercaba cada vez que pasaba mis compras por el scanner, y no podía mantener la calma. Todo el mundo me miraba y me entró el pánico y tuve que salir corriendo sin mis cosas", relataba Louise. Afortunadamente para ella su hija le está ayudando de una forma indirecta con una terapia un tanto curiosa y algo cruel. Cada vez que su madre le riñe o le castiga le enseña un tarro lleno de botones, haciendo que huya de pánico. Este hecho la ha obligado a enfrentarse a su fobia.
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