Tópìcos familiares

La Conveniencia Familiar

Los hábitos de vida moderna, el trabajo y los compromisos hacen que muchos padres se vean tan ocupado que en muchas ocasiones se olvidan de algo básico y esencial...

  Las comidas en familia son mucho más que una ocasión para sentarse a la mesa y consumir los alimentos que necesitamos para vivir. Son momentos para comunicarse, compartir y aprender. Son ocasiones que se pueden disfrutar juntos en familia e incluso amigos y pasar un rato ameno  mientras se cuentan qué tal ha ido el día y los planes para el siguiente.

   No obstante, sabemos que con las prisas que se vive es cada vez más difícil sentarte a diario con tu familia a comer o cenar y tener tiempo suficiente para preparar los alimentos, servir, platicar y además lavar trastos y recoger la mesa. Y si a eso le sumamos la mala costumbre que en los últimos años se ha vuelto ''casi una necesidad" de tener el teléfono celular junto al plato y mientras se come, chicos y grandes prácticamente ni ven la comida, sino que se la pasan texteando, mucho menos tienen tiempo o ganas de platicar.

   Esto ocasiona que haya poca y en muchas familias, se diría que hasta nula comunicación entre sus miembros, por eso es recomendable que los padres, al menos dediquen un día a la semana en que se puedan reunir y que este momento se respete siempre como el día dedicado a la familia.

   En caso de que entre semana sea 'materialmente' imposible, entonces sería bueno un fin de semana y, en este caso, si pueden salir a comer pues mejor, ya que es más relajante, porque ninguno de los miembros de familia se ven apurados cocinando o lavando los trastos, sin embargo, a veces ni eso es tan fácil, pues existen quienes trabajan o estudian muy lejos del hogar, en cuyo caso lo único que queda es conformarse con las fechas especiales, esos pocos días de asueto que hay durante el año o festividades especiales como cumpleaños o cosa parecida.

  Pero lo importante es crear la costumbre de comer en familia, siempre que sea posible ya que es el momento propicio para que los hijos, sobre todo cuando son pequeños, aprendan con el ejemplo, qué comer, cómo hacerlo y en qué cantidad. Es así que los niños adquieren y asimilan las reglas básicas del comer, además de que cuando hay visitas aprenden a ser hospitalarios.

   Pero también esos momento de comer en familia, son propicios para enseñar a los hijos no solo acerca de la alimentación y convivencia, sino también de urbanidad.

   De igual manera, es importante tener reglas o disciplina que indique una hora definida para servir la comida, además de otros códigos que fomenten la calidad de la relación y el respeto entre los miembros de la familia.  Gran parte de la educación de una persona se aprende a la hora de la comida, pues es cuando la familia -si se evitan las distracciones, como la televisión o los celulares- puede conversar y comentar sobre la situación de cada uno de sus miembros.

  Pero esta buena costumbre no solo se circunscribe a los miembros de la familia, sino que puede incluso ser practicada con sus amistades o familiares un tanto lejanos ya que pueden intentar establecer un día para comer con sus compañeros de trabajo, novio o amigos, para no dejar pasar este momento tan agradable que puede resultar al sentarse en una misma mesa y platicar de todo y de nada, pero convivir.

  Hay muchas personas que laboran lejos de su familia y no tienen con quién comer o comen cualquier cosa y rápido, y eso no nada más desnutre físicamente sino también espiritualmente.  En estos casos, lo mejor es juntarse con alguien para convivir y compartir los alimentos, pues es una carga de energía que no se puede comparar.

  “Mínimo hay que adherirse o iniciar un grupo primario con quién convivir”.
  La comida es alimento para el cuerpo pero también, a la hora de realizarla, lo es para el espíritu, por eso la convivencia en familia o con amigos es una valiosa tradición que se debe mantener.

  Y a pesar de esa vida ajetreada que llevamos, y que por muchas cosas que tengamos que hacer, con ingenio y creatividad se pueden encontrar maneras de sacar tiempo para compartir en familia o con amigos; el resultado se traduce en beneficios nutritivos y sociales de por vida para toda la familia. Por eso, si no lo está haciendo... Inténtelo y en muchos aspectos notará la diferencia!

La casa es de todos... ¡y todos debemos cooperar!

La sociedad ha evolucionado y hoy, las tareas del hogar han dejado de ser responsabilidad 'únicamente' de las amas de casa, para convertirse en una responsabilidad familiar compartida

   Es bonito poder ocuparse de las labores del hogar: cocinar para tu familia, arreglar las recámaras de tus hijos, lavar su ropa, tener en orden cada parte de la casa, en fin, son miles las tareas que pueden hacerte sentir útil e indispensable para los que te rodean. Sin embargo, a veces resulta demasiada carga para una persona sola, y por eso es que se ve obligada a contratar a alguien, o bien, pedir a los otros integrantes de la familia que colaboren con las tareas del hogar.

  No es fácil hacerlos entrar a la cocina, ponerlos a lavar platos, regar y limpiar el jardín, a limpiar la sala cuando se necesita.  Y si además de ser mamá y esposa tienes otro tipo de responsabilidades, entonces el cuadro se pone mucho peor.

   “Primero la mujer tiene que tener en mente que la casa es de todos y que todos funcionan como un equipo en donde cada uno va a colaborar con algo”, explica la psicóloga Raquel Villafuerte.
 

  “Desde esa perspectiva ella puede dejar de sentir que es la que tiene que hacer todo como si fuera el único miembro del equipo”, agrega.
 

  Cuando los niños son pequeños es bueno explicarles por qué tienen que hacerse cargo de sus cosas, de levantar todo al terminar de jugar, de no ensuciar los lugares que ya han sido limpiados, pues así ellos crecerán con la conciencia de que hay alguien que tiene que hacerse cargo de todo eso.
 

  “De acuerdo con la edad que tengan se les puede ir asignando ciertas responsabilidades, mientras la mamá vigila que se lleven a cabo”, indica la psicóloga.
 

A la hora de supervisar a los pequeños, Villafuerte recomienda que estén cerca de ellos, sobre todo al principio, y así checar que sí estén cumpliendo con las labores y que lo hagan como deben; en caso de que no sea así enseñarles la forma adecuada para hacerlo.
 

“La idea es que la mujer se sienta con el derecho de descansar en su casa, pues no es obligación 'solo de ella' estar haciendo labores en el hogar todo el día, sino que también se sienta atendida, ya sea por el esposo o por los hijos comenta.
 

Es importante hacer al esposo partícipe de las actividades del hogar, pues la casa también es suya y es parte de la educación de sus hijos que él también colabore.

  “Anteriormente, la casa era de la mujer, entonces ella tenía la obligación de estar al pendiente de todo, pero ahora el hombre es parte también, está incorporado a la familia y, por lo tanto, a las actividades del hogar”, señala.

  El hecho de ayudar con la limpieza de la casa parte de contribuir a la armonía familiar, es una forma de convivencia y facilita que la esposa esté más tranquila, más relajada, lo cual es un beneficio para la vida diaria de la familia.

  “Debe de tratarse de inculcar en los hijos estas ideas, para que cuando ellos sean grandes sigan la misma línea de educación para sus hijos; hay que enseñarlos desde muy temprano a tomar su parte en la casa, así de grandes ellos también van apoyar a sus cónyuges”, recomienda Villafuerte.

   La psicóloga asevera que de un tiempo para acá se ha venido dando ese cambio, de manera que hoy ya no existe la separación de actividades y ambos, mujeres y hombres, trabajan de la misma forma para tener limpio y ordenado su hogar.

  “Es importante no imponer actividades a los hijos, sino más bien hacerlas ver como algo que es esencial para el bienestar de todos, pues si impones puedes tener reacciones negativas”, aclara.

  Sobre todo en el caso de los niños, porque el estarles insistiendo en hacer las cosas sin explicarles el porqué, provoca que se fastidien y no hagan nada, como una forma de rebelarse ante la imposición.

   Lo mejor es que entre todos se repartan las actividades y tomen un día a la semana para hacerlas, a la vez que conviven mientras realizan el trabajo, para después recompensar el esfuerzo con una deliciosa cena, una salida al cine o cualquier otra actividad que resulte atractiva para tu familia y para ti.

   Es importante que les demostremos que estamos orgullosos por lo que han hecho, aunque no esté perfecto.

Empeñar la palabra; ¿Un valor perdido?

Para evitar que nuestros hijos digan mentiras o cumplan lo que prometen, empecemos por poner el ejemplo

Paloma Villanueva -Agencia Reforma-

 Decir la verdad o empeñar la palabra y cumplir lo prometido son valores que los niños aprenden de lo que ven y no de lo que escuchan de sus padres, señalan psicólogos; por eso cuando se trata de enseñarles a no mentir, el primer consejo es desterrar las mentiras de las acciones cotidianas.

   Martha Alicia Chávez, psicoterapeuta y autora de Tu Hijo, Tu Espejo, explica que un niño puede decir mentiras por miedo a ser castigado, por vergüenza a algo que hizo y que sabe que es considerado inadecuado o por sentir aprobación.

  "Desde pequeñitos ellos aprenden de una manera muy intuitiva, casi visceral, a percibir las reacciones de papá o mamá, no es que lo razonen, más bien aprenden a asociar, aprenden que cuando dicen cierta cosa mamá sonríe, se pone contenta y les da besos; y que cuando dicen otras cosas que no le gustan a mamá entonces hay regaños y gritos", detalla.

   La psicóloga considera de vital importancia confrontar a un niño cuando dice una mentira y determinar un castigo leve para que aprenda a asociar que las mentiras tienen consecuencias.

  "Siempre que cachamos a un niño diciendo mentiras, hay que confrontar la situación, no la dejen pasar por alto, hay que decirle sin gritarle, sin humillarlo, de manera tranquila pero muy firme: 'me estás mintiendo y en nuestra familia no se permiten las mentiras, no vamos a permitir que mientas y por eso te vas a ganar un castigo porque no vamos a tolerar esto'", ejemplifica.

   El castigo puede ser algo tan simple como prohibirle ver televisión o restringirle los videojuegos el resto del día, dice Chávez.

  "Es importante que haya una consecuencia por su falta a la verdad, pero ésta debe ser leve, jamás golpes, encerrarlo o privarlo de la cena", aclara, "el niño debe aprender a asociar y entender que las mentiras le traen consecuencias desagradables".

 José Gerardo Núñez, psicoterapeuta con experiencia en niños, agrega en entrevista la importancia de reconocer al pequeño cuando dice la verdad y mostrarle que con esta conducta puede obtener aprobación de otras personas.

   "Cuando un niño dice la verdad debemos reconocérselo, que sienta que una persona honesta y sincera es aceptada y querida por los demás, que aprenda cómo al decir la verdad incluso podría estar ayudando a otras personas y cómo, por el contrario, al decir una mentira podría perjudicar a otros o a sí mismo", detalla.

   Pero también el psicoterapeuta habla de otro valor social que cada vez es más escaso de ver, se refiere al valor de la palabra dada o empeñada.

    Hasta la década de los 60's y 70's del siglo pasado, cuando un adulto decía 'te doy mi palabra',  'palabra de honor' o algo parecido, la gente sabía que aquella persona cumpliría lo que estaba prometiendo, porque era casi tanto como un documento firmado o un juramento.

    Pero esto con el tiempo se ha ido diluyendo y tanto social como familiarmente, en muchos casos el 'te doy mi palabra', 'te juro que lo haré', o alguna frase parecida en donde 'se empeña la palabra', no se cumple y no pasa nada. Y los niños continuamente perciben cómo los adultos, y particularmente sus papás, no cumplen lo que prometen y no solo a ellos como hijos, sino a muchas personas a quienes les prometen algo, por eso Núñez recomienda no hacer promesas a la ligera y empeñar la palabra sólo cuándo estén seguros de cumplir.

  Chávez coincide en que los valores, como tener palabra, no se enseñan "echando sermones" sino conduciéndose correctamente.

  "Empeñar la palabra es un valor hermosísimo que lo van a aprender de vernos a nosotros, no se los tenemos que enseñar, el niño lo va a aprender en automático si nosotros cumplimos lo que prometemos, pero si no cumplimos, entonces el niño lo que aprende es a desconfiar de la palabra de la gente y como consecuencia será una persona que no tenga palabra cuando sea mayor", concluye.

LaMama Leona!

El proteger a sus hijos, y a veces hasta porque alguien los mira feo, es normal; pero eso no quiere decir que automáticamente usted deba convertirse en...

 Todo sabemos que el amor de madre no tiene límites, porque las madres son capaces de todo con tal de lograr el bienestar de sus hijos, sólo que también deben  otorgar a los hijos un poco de libertad y evitar sacar las “garras” cada vez que alguien los daña. Según los expertos, ser mamá leona se debe a una educación con esquemas de dominio y poca tolerancia a la frustración.

  “Si una madre no aprendió a manejar la frustración no podrá entender que un hijo necesita aprender a resolver sus propios conflictos, aunque esto le represente de momento una dificultad, no siempre se puede tener todo lo que se desea”, explica la psicóloga Esmeralda González.

  El sentir de algunas mamás leonas, comenta, es que no permiten que sus hijos crezcan, porque temen el hecho de ya no sentirse necesitadas. “Esa actitud sobreprotectora, agresiva o no, es innecesaria cuando el hijo necesita empezar a interactuar fuera del vínculo materno".

  “En cuanto un bebé nace es un ser totalmente indefenso, y es natural en la mayoría de las mujeres proteger a quien saben desvalido, conforme crece empieza a interactuar más regularmente con otras personas y es ahí donde se pueden observar las primeras señales de una falsa protección”.

 Un típico caso de una mamá leona que tiene hijos pequeños es que ésta busque problemas con la madre de otro niño, cuando le hacen mala cara a su pequeño hijo.

  Es natural que los niños en sus etapas egoístas quieran todo para ellos, y si el vecinito riñe es común que si uno no se entromete y sólo lo encauza a reaccionar del modo correcto, el niño aprenderá a negociar y compartir, si hace lo contrario no tendrá esa habilidad. Si la señora va y le reclama a la vecina o al niño, entonces el hijo aprenderá que esa labor seguro es de su mamá, y que las situaciones se resuelven siendo agresivo.

  "Lo importante, señala la psicóloga, es darse cuenta de la actitud, lo siguiente es analizar qué puede hacer con lo que siente, piensa y hace". “Pensar puede llevar a conclusiones interesantes como, ‘estaré atenta a mostrar mi apoyo, pero no puedo vivir por él aunque me duela”.

 Se enfatiza meditar con una actitud positiva, realista y centrada, esto se dice fácil pero puede no ser complicado si buscamos retroalimentación en personas de nuestra confianza, una amiga sincera, un consejero, un terapeuta”.

 Esto es importante, dice, ya que en parte los sentimientos están influidos por estas creencias que pueden no ser las más realistas, y si no se hacen conscientes no se puede cambiar.

  “Lo que una madre leona puede hacer para no sucumbir a la emoción de actuar por impulso de ir a defender de ‘la lagartona a su tierno y lindo hijo’, por ejemplo, es dedicarse más tiempo para ella, realizar algún tipo de pasatiempo, hacer ejercicio regular o apoyar alguna causa”. “Hacer cosas interesantes para su vida, buscar nuevas amistadas y reencon-trarse con las que ya tiene le permitirá tener tiempo para ella”, señala la especialista.

  Asegura que el mejor apoyo que se le puede dar a los hijos es el propio actuar, pues ellos aprenden más acerca de lo que observan en los padres que de lo que se les diga.

   Aprenden mejor lo que es la dignidad, la asertividad, la confianza, la entereza, la capacidad de ser tolerantes, el orgullo, el ser activos, entusiastas, positivos y más sociables”. Además, comenta que esto hará que los hijos se acerquen más a pedir un consejo o apoyo emocional a sus padres.

   Al concentrarnos de forma constructiva y positiva en lo que hacemos y pensamos es seguro que nos sentiremos mucho mejor. Si aun así se sienten deseosos de manejar la vida de los hijos, una opción es la lectura de libros de control de estrés, para aprender a manejar las emociones.

 “También existe bastante información de cómo ser más asertivos en nuestra comunicación, para decir las cosas sin generar la agresión que regresa a nosotros. Si decimos las cosas centrados no generamos reacciones negativas por parte del otro, repercutiendo directamente en cómo nos sentimos, esto es, si hay la confianza para que el otro esté receptivo a lo que podamos decir.

   Hay que enseñar a los hijos siendo cautelosos, permitiéndoles vivir sus propias experiencias, su vida es suya no nuestra, la mujer ya tiene bastante con su propia vida, en la cual nunca debe dejar de crecer y aprender; es mejor ser fuertes por ellos, que vivir en ellos, y tenga presente que el ejemplo y su comprensión nunca estarán de más • --

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