La fábula de la semana

La Gallinita Rita

Existen muchos cuentos infantiles hermosos y que son  clásicos, pero además, por mucho que se cuenten, no dejan de gustar a grandes  y chiquitines.  Y y en esta ocasión el cuento que compartimos con ustedes es el de....

  Era un hermoso día y, como todas las mañanas, la Gallinita Rita estaba comiendo maíz en el patio de la casa. El sol era intenso, por lo que nuestra plumífera amiga se paró debajo de un enorme roble para cubrirse de los fuertes rayos.  

 De repente... ¡pum! Una gran bellota cayó del árbol y golpeó a la Gallinita justo en la cabeza, dejándola aturdida  por varios segundos.

“¡Dios mío!” -exclamó-  “¿Qué fue eso? ¿Es que acaso el cielo se está cayendo? Debo ir a avisarle al rey”.

 Entonces, la Gallinita Rita se puso una pañoleta en la cabeza y llenó una canasta de maíz para comer durante el viaje. Enseguida se puso en marcha hacia el castillo real para avisarle al rey tan tremendo acontecimiento. 

  En su camino pasó por la casa del Gallo Mayo, su más cercano vecino. Este se encontraba muy ocupado arreglando su nuevo pórtico. “¿A dónde va tan apurada vecina?”, le preguntó. 

 “¡Oh, voy avisarle al rey que el cielo se está cayendo!”, contestó la Gallinita Rita.

 “¿Cómo sabes que se está cayendo?”, inquirió.

“¡Lo vi con mis propios ojos y lo escuché con mis propios oídos, y una parte de él cayó en mi cabeza!”, exclamó ésta.

“Si es así, entonces iré contigo”, dijo el Gallo.

 Ambos caminaron juntos, hasta que se encontraron cerca del riachuelo con el Pato Tato, que venía de regreso de su chapuzón matutino. “Buenos días, vecinos, dijo. “¿Adónde van tan de prisa?”

 “El cielo se está cayendo y vamos a decírselo al rey”, contestó el Gallo Mayo.

 “¿Cómo saben eso?”, preguntó.

 “La Gallinita Rita me lo dijo”, contestó.

 “¡En efecto! ¡Yo lo vi con mis propios ojos y lo escuché con mis propios oídos, y una parte de él cayó en mi cabeza!”, exclamó ésta.

 “Pues yo iré con ustedes a decirle al rey tan sorprendente evento”, dijo el Pato.

 Los tres caminaron juntos hasta que se encontraron con la Gansa Luisa. “Buenos días, ¿adónde van?”.

 “El cielo se está cayendo y vamos a decírselo al rey”, dijo el Pato Tato.

 “¿Y cómo saben eso?”, preguntó la Gansa. 

 “El Gallo Mayo me lo dijo”, contestó.

“¡Yo lo vi con mis propios ojos y lo escuché con mis propios oídos, y una parte de él cayó en mi cabeza!”, interrumpió la gallinita Rita.

 “Vaya, vaya! Entonces iré con ustedes al palacio”, dijo la Gansa Luisa.

 Inmediatamente, los cuatro caminaron juntos hasta que se encontraron con el Pavo Gustavo frente a su jardín. “Buenos días... ¿a dónde se dirigen?”

 “El cielo se está cayendo y vamos a decírselo al rey”, dijo la Gansa Luisa.

“Pero, ¿Cómo saben que se está cayendo?”, preguntó.

 “La Gallinita Rita nos lo dijo”, dijo el Pato Tato.

 “¡Yo lo vi con mis propios ojos y...” otra vez contó lo mismo.

 “Qué interesante! Permítanme acompañarlos.

 Así, los cinco caminaron juntos hasta que se encontraron con el Zorro Polo. “Buenos días”, dijo. “¿Por qué caminan con tanta prisa, adónde van?”.

 “El cielo se está cayendo y vamos a decírselo al rey”, dijo el Pavo Gustavo.

 “¿Cómo saben que se está cayendo el cielo?”, preguntó.

  “La Gallinita Rita nos lo dijo”, exclamaron todos. 

  “¡Así es! Yo lo vi con mis propios ojos y... bla, bla”, repitió por enésima vez la gallinita.

  “Entonces vengan conmigo. Le mostraré un camino más corto al palacio del rey”, dijo el Zorro. 

 “Te lo agradeceríamos mucho porque debemos apresurarnos a decirle al rey que el cielo se está cayendo”, dijo Rita.

 “Claro! Solo síganme todos”, dijo el astuto animal. “Subiremos esta colina, cruzaremos el puente y bajaremos por ese camino. Y antes que se den cuenta, estaremos en el palacio real.   Al poco tiempo llegaron a la entrada de una oscura cueva.

 ¡Lo que no sabían, que en realidad esa era la cueva del Zorro Polo!

  “Pasen por aquí, y pronto estarán en el palacio”.

 El Gallo Mayo, el Pato Tato, la Gansa Luisa y el Pavo Gustavo entraron con el Zorro en la cueva. La Gallinita era la última de la fila, y estaba muy asustada, sabía que algo andaba mal. De pronto escapó corriendo y ¡no paró hasta llegar a su casa!

 Por desgracia, de sus amigos no se volvió a saber nada, así que han de imaginar su triste final. En cuanto al rey, nunca se enteró que el cielo se estaba cayendo a pedazos.

     Y colorín colorado, ¡este cuento se ha acabado!

La Oca Parlanchina

Seguro que todos saben lo que es tener que soportar a un charlatán incurable, pero les aseguro que, de haber conocido a doña Oca, se hubieran vuelto sordos como una tapia. ¿Razones? A continuación se las comento.

 Doña Oca vivía en una granja y hablar era lo único que sabía hacer, de modo que, mientras sus compañeros se dedicaban a sus tareas, ella se abalanzaba sobre cualquiera y empezaba a hablarle con una rapidez endiablada. Llegó un momento en que todos vivían en alerta continua y, cuando la veían acercarse, corrían a esconderse, bajo tierra si era preciso, pues sabían que, de caer bajo la charla de doña Oca, les tocaba, como mínimo, tres días de cama con una jaqueca horrible. Sí, amigos créanme. Doña Oca era más temida que la propia peste negra. 

 Después de haber sufrido numerosas bajas por enfermedad, los miembros de la granja decidieron dar un susto tras otro a doña Oca, hasta que se le quitasen las ganas de hablar. Bueno, todos se conformaban con que hablase la cuarta parte de lo que acostumbraba.

 Desde aquel día, doña Oca empezó a recibir, de unos y otros, sustos de muerte. Poco a poco  nuestra amiga fue perdiendo las ganas de hablar y la paz retornó a la pobre y torturada granja de nuestro relato.

Moraleja: De quien es parlanchín y enfadosón todos huyen.... y con justa razón!!

La Tortuga Renegona

  En lo más profundo del bosque vivía una tortuga que cuando algo le fallaba, se ponía de un humor horrible, tan feo era su “mal genio” que hasta daban ganas de echarse a correr, pues arremetía verbalmente contra el primero que se le cruzaba en su camino. Si no podía hacerlo con un animal, para eso estaban las flores o las piedras pagando ellas el mal genio de ésta, sin tener culpa alguna ante tan mal genio.

  Era frecuente verla pelear con alguien, y sus rabietas no dejaban títere con cabeza. Sus amigos creían que lo mejor era romper con ella para siempre y la tortuga pareció adivinarlo, pues, tras uno de sus violentos enfados, cogió sus cosas y se marchó del lugar, pensando en no volver jamás.

 Pero al poco tiempo, todos se dieron cuenta de que, en el fondo, echaban mucho de menos a la tortuga “mal genio”.  Al fin y al cabo, sus enfados les entretenían mucho. Por su parte, la tortuga también añoraba a sus amigos y, claro!, de paso el poder echar la culpa a alguien de sus errores, y por eso pensó en regresar.

 Cuando volvió junto a sus amigos fue recibida con alegría y mucha emoción. Ahora las broncas siguen, sin duda, pero como ya todos se han acostumbrado a ellas... pues ya casi ni les preocupan!!!

Moraleja: Amiguito, piensa que la verdadera amistad te acepta tal y como eres, con seguridad!!!

Los Pingüinos Orgullosos

  Cerca del Polo Norte vivían dos pingüinos que, sin haberse tratado nunca, se consideraban enemigos. Cada vez que pasaban uno al lado del otro intercambiaban miradas de odio capaces de derretir todo el hielo cercano. 

Naturalmente, todo lo interpretaban mal y, cuando uno andaba erguido y con la tripa fuera, el otro pensaba que era un creído  sin remedio y así sucesivamente.

  Un día concurrieron ambos a un baile de disfraces que se daba en la colonia donde ellos vivían. Como llevaban puestas sendas máscaras, no se reconocieron el uno al otro y entablaron una animada conversación:

- Hay un gran ambiente aquí. Se ve que el baile de disfraces gusta a la gente -comentó uno de ellos. 

- Sí, la verdad es que nos vendrían bien unos cuantos bailes de estos al año - aseguró el otro. 

  Al cabo de un rato ya eran buenos camaradas y hasta se pudiera decir amigos. Cuando, terminó el baile, se quitaron sus respectivas máscaras y descubrieron asombrados, sus mutuas identidades. 

Tras un momento de vacilación, se soltaron a carcajadas. Les hacía mucha gracia el recuerdo de su pasada enemistad. En especial, al evocar aquellas furiosas miradas, ahora se morían de risa, de tal tontería.

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