La fábula de la semana

El Sueño Hecho Realidad

 El parque de atracciones de Animalandia era el mejor del mundo. Los “Columpios Suicidas” eran su número fuerte y consistían, como el propio nombre indica, en grandes columpios que, suspendidos a enorme altura, giraban vertiginosamente. Más de un animalito se había matado en ellos. Había bastante riesgo.  Elefantín, sin embargo, estaba empeñado en montar uno de ellos. 

 No puedes subir, compréndelo. Pesas demasiado. Se rompería la cadena y podría matarte -le dijo su gran amigo, Osín.

 Pero él no se conforma con esta explicación. Aunque entendía las razones de sus amigos, era tal su deseo de subir en estos columpios que, una noche de primavera, se levantó con mucho sigilo y, en pijama y todo, se fue al Parque, saltó la verja y, ni corto ni perezoso, accionó los mandos de los “Columpios Suicidas”. Tras hacer esto, se subió en uno de ellos y empezó a subir y a girar, cada vez más deprisa. Elefantín bramaba de emoción. ¡Ah!, cuánto disfrutaba en el columpio! 

  No se dio cuenta de que las cadenas que sostenían el columpio, se iban rompiendo poco a poco. Y apenas sintió la caída. Mallugado y lleno de chichones, rasponazos y moretones, recuperó pronto el sentido.  

Has vuelto a nacer, Elefantín -le dijo el vigilante del Parque-.  Menos mal que no accionaste bien los mandos y subiste a poca altura que, ¡si no...! 

 Tras excusarse por lo sucedido, volvió a su casa muy feliz. A pesar de las magulladuras, durmió a pata suelta. ¡Por fin había hecho realidad su más anhelado sueño”.

Moraleja: Amiguito, si en la vida un gran anhelo tuvieras con precaución lucha por él y lo conseguirás!!

El Rey Pulpo

  En las profundidades del azulado mar, todos los animales del reino oceánico estaban de plácemes y en gran festejo. La razón era que acababa de ser elegido un “Nuevo Rey”, y era nada menos que el señor Pulpo, un anciano bondadoso, magnánimo e inteligente pero sobre todo justo con todos. 

   El destino del pueblo parecía ser muy prometedor, y en efecto lo fue, durante los primeros años de su reinado, el rey Pulpo se portó como un agradable y muy sensato monarca escuchando que aparte de gobernar, le gustaba servir a cuantos necesitaban de él.

  Sin embargo, a medida que su poder y sus riquezas aumentaban, se hacía más y más ambicioso. Empezó a pedir al pueblo cosas cada vez más costosas y difíciles. Llegó un momento en que todos los habitantes del océano tenían que trabajar, se pudiera decir que las veinticuatro horas, para atender sus exigencias y vanidades. No podían comer, beber ni descansar ni un momento por complacer al rey. 

   Al fin, la situación llegó a su límite. Los mismos animales que años antes habían colocado en el trono al Pulpo por ser bondadoso y justo, se reunieron y decidieron echarlo violentamente, en castigo a su insaciable ambición. 

  Desde entonces, Pulpo vive lejos de la Corte, abandonado y despreciado por todos los que un día lo admiraban. 

--¡Ah!, Si no hubiese sido por el brillo del poder y del dinero, todavía yo fuera rey -se lamentaba don Pulpo.

Moraleja: Amiguito, si te ciega la ambición a tu vida, sólo traerá desolación!!

Un Sueño hecho realidad

 El parque de atracciones de Animalandia era el mejor  del mundo. Los “Columpios Suicidas” eran su número fuerte y consistían, como el propio nombre indica, en grandes columpios que, suspendidos a enorme altura, giraban vertiginosamente. Más de un animalito se había matado en ellos. Había bastante riesgo.  Elefantín, sin embargo, estaba empeñado en montar uno de ellos. 

 No puedes subir, compréndelo. Pesas demasiado. Se rompería la cadena y podría  matarte -le dijo su gran amigo, Osín.

 Pero él no se conforma con esta explicación. Aunque entendía las razones de sus amigos, era tal su deseo de subir en estos columpios que, una noche de primavera, se levantó con mucho sigilo y, en pijama y todo, se fue al Parque, saltó la verja y, ni corto ni perezoso, accionó los mandos de los “Columpios Suicidas”. Tras hacer esto, se subió en uno de ellos y empezó a subir y a girar, cada vez más deprisa. Elefantín bramaba de emoción. ¡Ah!, cuánto disfrutaba en el columpio! 

  No se dio cuenta de que las cadenas que sostenían el columpio, se iban rompiendo poco a poco. Y apenas sintió la caída. Mallugado y lleno de chichones, rasponazos y moretones, recuperó pronto el sentido.  

Has vuelto a nacer, Elefantín -le dijo el vigilante del Parque-.  Menos mal que no accionaste bien los mandos y subiste a poca altura que, ¡si no...! 

 Tras excusarse por lo sucedido, volvió a su casa muy feliz. A pesar de las magulladuras, durmió a pata suelta. ¡Por fin había hecho realidad su más anhelado sueño”.

Moraleja: Amiguito, si en la vida un gran anhelo tuvieras con precaución lucha por él y lo conseguirás!!

El Conejito Rebelde

Todas las noches hay un pequeño drama en casa de la familia Conejo. El benjamín de la familia, a quienes todos apodan “Peque”, no quiere irse a la cama, porque la televisión está en su mejor momento o porque la charla de sus padres y de sus dos hermanos mayores le interesa mucho. Bueno, presiento que en sus casas ocurre algo parecido, ¿verdad, amiguitos? 

-Peque, vete a la cama que mañana tienes que madrugar para ir a la escuela -dice mamá Conejo, con gesto regañón.  

- Hay, qué lata das mamá! ¡Quiero ver cómo termina la película! -Contesta, fastidiado.

- ¡He dicho que a la cama Peque! ¡Porque en la mañana no hay quien te despegue de las sábanas! -insiste la madre. 

 Así pasa un buen rato, hasta que Peque encuentra ayuda en sus hermanos o hasta que se impone el genio de mamá Conejo. 

 Bueno, anoche Peque se ha quedado hasta las tantas horas, y hoy está que se duerme por cualquier rincón.

 Su profesora, muy perspicaz, sabe la causa y ha decidido dar una lección a Peque. No irá de excursión con los demás compañeros de la clase. 

 Tanto duele el castigo a Peque, que el rebelde trasnochador se promete a sí mismo no volver a acostarse tarde nunca más. Después de todo, las excursiones le gustan mucho más que la “tele”.

Moraleja: Amiguito, aprende a obedecer o un gran castigo has de merecer!!

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