La fábula de la semana

El Rey Pulpo

  En las profundidades del azulado mar, todos los animales del reino oceánico estaban de plácemes y en gran festejo. La razón era que acababa de ser elegido un “Nuevo Rey”, y era nada menos que el señor Pulpo, un anciano bondadoso, magnánimo e inteligente pero sobre todo justo con todos. 

   El destino del pueblo parecía ser muy prometedor, y en efecto lo fue, durante los primeros años de su reinado, el rey Pulpo se portó como un agradable y muy sensato monarca escuchando que aparte de gobernar, le gustaba servir a cuantos necesitaban de él.

  Sin embargo, a medida que su poder y sus riquezas aumentaban, se hacía más y más ambicioso. Empezó a pedir al pueblo cosas cada vez más costosas y difíciles. Llegó un momento en que todos los habitantes del océano tenían que trabajar, se pudiera decir que las veinticuatro horas, para atender sus exigencias y vanidades. No podían comer, beber ni descansar ni un momento por complacer al rey. 

   Al fin, la situación llegó a su límite. Los mismos animales que años antes habían colocado en el trono al Pulpo por ser bondadoso y justo, se reunieron y decidieron echarlo violentamente, en castigo a su insaciable ambición. 

  Desde entonces, Pulpo vive lejos de la Corte, abandonado y despreciado por todos los que un día lo admiraban. 

--¡Ah!, Si no hubiese sido por el brillo del poder y del dinero, todavía yo fuera rey -se lamentaba don Pulpo.

Moraleja: Amiguito, si te ciega la ambición a tu vida, sólo traerá desolación!!

Un Verdadero Amigo

  Roncín era un potro cada vez más desconfiado con los demás. Y no sin motivos. Aquí te contamos por qué. 

  El padre de Roncín era inmensamente rico; por esa razón le salieron a su hijo amigos por doquier. El tan ingenuo, creía que le querían por él mismo. Su decepción llegó cuando, tras arruinarse su padre, Roncín vio que sus amigos se apartaban de él y se burlaban de su nueva situación. ¡Qué experiencia tan desagradable! 

  Pasó el tiempo y Roncín, convertido ya en caballo hecho y derecho, amasó una fortuna, a fuerza de ganar carreras.  

 Con ironía, comprobó cómo sus antiguos “amigos” de la infancia, volvían a solicitar su compañía. Claro, se sentían atraídos por su dinero. Roncín los rechazó, sin titubear. 

  -A mí no me engañan con su hipocresía. Son incapaces de amar a los demás, porque están llenos de codicia- les dijo a todos, muy disgustado. 

  Casualmente, entabló amistad con Cebrón, quien parecía deseoso de cultivar su amistad, Roncín, desconfiado como siempre, decidió someterlo a una prueba, diciéndole que había perdido toda su fortuna en las apuestas.

  -No te preocupes -le respondió Cebrón-. Yo te doy el dinero que te haga falta para salir de tu mala racha. Roncín comprendió que la amistad ofrecida por Cebrón era sincera. ¡Por fin había encontrado un amigo de verdad!.

Amiguito, un verdadero amigo

Moraleja: en las buenas y en las malas estará contigo!!

El Conejito Rebelde

Todas las noches hay un pequeño drama en casa de la familia Conejo. El benjamín de la familia, a quienes todos apodan “Peque”, no quiere irse a la cama, porque la televisión está en su mejor momento o porque la charla de sus padres y de sus dos hermanos mayores le interesa mucho. Bueno, presiento que en sus casas ocurre algo parecido, ¿verdad, amiguitos? 

-Peque, vete a la cama que mañana tienes que madrugar para ir a la escuela -dice mamá Conejo, con gesto regañón.  

- Hay, qué lata das mamá! ¡Quiero ver cómo termina la película! -Contesta, fastidiado.

- ¡He dicho que a la cama Peque! ¡Porque en la mañana no hay quien te despegue de las sábanas! -insiste la madre. 

 Así pasa un buen rato, hasta que Peque encuentra ayuda en sus hermanos o hasta que se impone el genio de mamá Conejo. 

 Bueno, anoche Peque se ha quedado hasta las tantas horas, y hoy está que se duerme por cualquier rincón.

 Su profesora, muy perspicaz, sabe la causa y ha decidido dar una lección a Peque. No irá de excursión con los demás compañeros de la clase. 

 Tanto duele el castigo a Peque, que el rebelde trasnochador se promete a sí mismo no volver a acostarse tarde nunca más. Después de todo, las excursiones le gustan mucho más que la “tele”.

Moraleja: Amiguito, aprende a obedecer o un gran castigo has de merecer!!

La Gran Hazaña

  Zoolandia había sido un pueblo muy pacífico y grato para vivir en él pero, de un tiempo acá,  había cambiado.

 Una pandilla de “gángsters”, bajo el mando del gran perro Dogo, sembraba el terror entre los pobres vecinos. Ninguna caja fuerte se les resistía y andar solo por la calle, de noche, era peligroso ya que estos pillos atracaban al primero que se encontraban.

  Don Hipopótamo, valiente y bonachón, no quería contagiarse del pánico que afectaba a sus vecinos y seguía con su vida de siempre. Acababa de poner una tienda de comestibles, repleta de todos los artículos.

  Sentado en la puerta, al sol, leía tranquilamente su periódico de la mañana. De repente. Dogo y sus compinches le encañonaron y le obligaron a meterse a la tienda. 

  ¡Danos todo el dinero que tienes en la caja o eres un hipopótamo muerto! Le amenazó el feroz perro. 

 El dueño de la tienda obedeció y les entregó treinta billetes de los grandes. El pillo y sus secuaces corrieron hacia la salida.

  Justo cuando abrían la puerta, sintieron que una pesada y tupida red se desplomaba sobre ellos.

   ¡Cielos... una red! ¡Estamos atrapados! Exclamó Dogo. 

  Un grupo de cachorros, autor de tan magnífica captura, reía, unos pasos más allá. 

  ¡Qué éxito, compañeros! ¡Los “polis” no habían sido capaces de atraparlos y nosotros en cambio, los hemos cazado! Exclamó el que parecía ser cabecilla.

  Por mucho tiempo se habló en Zoolandia de la hazaña de los cachorros que, por cierto, eran todos de león.

Moraleja: Amiguito, no por ser pequeño te des por vencido, tú podrás lograr lo que te propongas si lo haces con gran empeño!

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