La fábula de la semana

El delfín curioso

Flit, el pequeño delfín, salió a dar un paseo después de cenar. Contra su costumbre, y curioso de conocer algo diferente orientó su hocico hacia la superficie del mar y subió como una flecha. Algo le decía que allá arriba encontraría algo fascinante. 

 Flit se asomó fuera del agua y sus ojos descubrieron una visión maravillosa. La Luna resplandecía en el firmamento y, en torno a ella, millares de brillantes estrellas adornaban la oscuridad del espacio.... nuestro amiguito se quedó asombrado contemplando aquel magnífico espectáculo durante horas enteras, tanto que hasta perdió la noción del tiempo. Su madre, ya preocupada e intranquila, salió de casa a buscarlo. 

 El certero instinto materno le guió hacia la superficie del mar, y no tardó en encontrarlo, extasiado y con el hocico fuera del agua. 

-¡Oh, mamá! ¿Has visto qué belleza? -Dijo emocionado Flit, nada más sentirla junto a él. 

-Sí, hijo mío. El cielo nocturno es bellísimo, pero ya es hora de acostarse. Mañana tendrás que madrugar para ir a la escuela- respondió ella, sonriente. -¿Me dejarás venir por la noche, después de cenar, a ver la Luna y las estrellas? - preguntó Flit, ilusionado. 

-¡Claro que sí! Además, yo vendré contigo, porque a mí también me gusta pasear- le prometió su madre. Los dos regresaron a casa con la hora justa para acostarse. 

  Desde entonces, madre e hijo se han hecho grandes aficionados a la astronomía.

 

Un Oso Vanidoso

   En el Polo Norte vivía Colmillo, un oso que era un excelente patinador y tenía a su disposición para practicar este deporte una inmensa y helada superficie.  En esta pista, que era de uso municipal, practicaban algunos participantes.

  Entre ellos se destacaban, por su torpeza, dos pingüinos, quienes se veía que nunca en su vida habían usado los patines.

  Colmillo, lanzado a toda velocidad, empujaba despreciativamente a ambos pingüinos y éstos solían terminar sobre el hielo.
-¿Por qué nos empujas? ¡La pista es de todos y tenemos el mismo derecho que tú a gozar de ella!- Le recriminó uno de los pobres pingüinos.

  Colmillo no contestaba, y simplemente seguía con sus empujones. Ambos pingüinos, enfurecidos y cansados de su actitud, decidieron darle una lección.
-¡Colmillo, te echamos una carrera con los patines! ¿A que no eres capaz de ganarnos?- Gritó uno de los pingüinos, en tono desafiante.

  Colmillo, muerto de risa, aceptó. Sabía que iba a ser una carrera tonta y ridícula. ¿Qué podían hacer esos pobres? ¡Si ni siquiera podían sostenerse en pie sobre los patines!

  Uno de los pingüinos marcó los límites de la pista y, con un grito, dio la señal de salida. Colmillo, ciego de orgullo, empezó a patinar, sin fijarse en que nadie le seguía . Cogió más y más velocidad, hasta que, de repente, se dio cuenta de que el hielo se terminaba y... ¡y aterrizaba sobre el agua!

  Entre risas y burlas, Colmillo pudo salir del agua. Su orgullo había sido humillado. Ya nunca más atropellaría a sus semejantes.

El Sapo y la Rosa

    Había una vez una rosa roja muy bella, que se sentía de maravilla al saber que era la rosa más hermosa del jardín.

 Sin embargo, se daba cuenta de que la gente la veía de lejos como si tuviera algo raro… Se dio cuenta de que al lado de ella siempre había un sapo grande y oscuro, y que era por eso que nadie se acercaba a verla de cerca.

   Indignada y molesta ante lo descubierto le ordenó al sapo que se fuera de inmediato; el sapo muy obediente dijo: 

- Está bien, si así lo quieres.

   Poco tiempo después el sapo pasó por donde estaba la rosa: y se sorprendió al ver a la rosa totalmente marchita, sin hojas y sin pétalos.

– Le dijo entonces:

– Vaya que te ves mal. ¿Qué te pasó?

   La rosa contestó: es que desde que te fuiste las hormigas me han comido día a día y nunca pude volver a ser igual.

 El sapo sólo contestó; claro es que cuando yo estaba aquí me comía todas esas hormigas y por eso siempre eras la rosa más bella del jardín.

Moraleja:

  Muchas veces despreciamos a los demás por creer que somos más que ellos, más bellos o simplemente que no nos “sirven” para nada.

  Todos tenemos algo que aprender de los demás o algo que enseñar y nadie debe despreciar a nadie. No vaya a ser que esa persona nos haga un bien del cual ni siquiera estemos conscientes.

El saltamontes Agradecido

  Era un crudo invierno que azotaba cruelmente aquella región pegada a uno de los polos de la Tierra, cuando un desamparado saltamontes avanzaba penosamente sobre la espesa nieve.

  El frío era intensísimo, por eso necesitaba encontrar, cuanto antes, un refugio, si no quería morir congelado.

  Nuestro amigo cayó inconsciente sobre la nieve, víctima del frío, del hambre y del cansancio. Por fortuna, un matrimonio de mariquitas que pasaban por allí se dieron cuenta  de la situación del pobre animalito y, rápidamente sin pérdida de tiempo, como pudieron se lo llevaron a su casa.

  Después de unos días Saltamontes se repuso con una buena comida y té caliente. Pasó todo el invierno en casa de aquella bondadosa pareja. Al despedirse de los que le habían salvado la vida, dijo, conmovido:

- No sé cómo agradecerles, y quisiera.....
- ¡Nada, nada!- Le interrumpió el señor Mariquita---. “Hoy por ti, mañana por mí”.

  Sus palabras fueron proféticas, pues, para el siguiente invierno, una hija del matrimonio se perdió en lo más profundo y tenebroso del bosque. Saltamontes, que lo conocía palmo a palmo, rastreó las huellas de la pequeña y no tardó en encontrarla y regresarla a sus padres sana y salva.

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