La fábula de la semana

El Pumita Llorón

 En la selva vivía un pequeño puma que traía de cabeza tanto a sus  padres como a los profesores, y hasta a sus amigos que ya los tenía fastidiados, pues todo lo que quería lo pedía llorando.

  En clase, si tenía que esforzarse por aprender una lección, montaba un drama de lágrimas y suspiros que por supuesto desconcertaba al profesor y molestaba muchísimo a sus compañeritos. 

 Aunque también mañosamente utilizaba sus lágrimas para chantajear y no hacer nada. Cuando su madre le pedía algún favor, él con llorar y decir: “No sé cómo se hace”, bastaba para librarse del pedido de su madre.

  Como es lógico, nadie le tomaba en serio y nadie creía en sus lágrimas; y hasta en ocasiones pasaba por tonto, cosa que, en realidad, no era para nada.

  Un día se le clavó una púa en la pata y comenzó a llorar a grito limpio, esta vez con razón, pues sentía unos dolores tremendos, pero, claro, nadie le hacía caso, creyendo que era otra de sus comedias, ya acostumbradas por el pumita.

  Como resultado de ello, la herida se le infectó y tuvieron que cortarle desgraciadamente la patita. Entonces, el pequeño puma comprendió, aunque un poco tarde, cuán perjudiciales habían sido para él sus falsas lágrimas y por qué las verdaderas no habían surtido ningún efecto cuando el puma necesitaba ayuda. 

Moraleja: Amiguito: el engaño y la falsedad cierran las puertas a la verdad!!

La Gallinita Rita

Existen muchos cuentos infantiles hermosos y que son  clásicos, pero además, por mucho que se cuenten, no dejan de gustar a grandes  y chiquitines.  Y y en esta ocasión el cuento que compartimos con ustedes es el de....

  Era un hermoso día y, como todas las mañanas, la Gallinita Rita estaba comiendo maíz en el patio de la casa. El sol era intenso, por lo que nuestra plumífera amiga se paró debajo de un enorme roble para cubrirse de los fuertes rayos.  

 De repente... ¡pum! Una gran bellota cayó del árbol y golpeó a la Gallinita justo en la cabeza, dejándola aturdida  por varios segundos.

“¡Dios mío!” -exclamó-  “¿Qué fue eso? ¿Es que acaso el cielo se está cayendo? Debo ir a avisarle al rey”.

 Entonces, la Gallinita Rita se puso una pañoleta en la cabeza y llenó una canasta de maíz para comer durante el viaje. Enseguida se puso en marcha hacia el castillo real para avisarle al rey tan tremendo acontecimiento. 

  En su camino pasó por la casa del Gallo Mayo, su más cercano vecino. Este se encontraba muy ocupado arreglando su nuevo pórtico. “¿A dónde va tan apurada vecina?”, le preguntó. 

 “¡Oh, voy avisarle al rey que el cielo se está cayendo!”, contestó la Gallinita Rita.

 “¿Cómo sabes que se está cayendo?”, inquirió.

“¡Lo vi con mis propios ojos y lo escuché con mis propios oídos, y una parte de él cayó en mi cabeza!”, exclamó ésta.

“Si es así, entonces iré contigo”, dijo el Gallo.

 Ambos caminaron juntos, hasta que se encontraron cerca del riachuelo con el Pato Tato, que venía de regreso de su chapuzón matutino. “Buenos días, vecinos, dijo. “¿Adónde van tan de prisa?”

 “El cielo se está cayendo y vamos a decírselo al rey”, contestó el Gallo Mayo.

 “¿Cómo saben eso?”, preguntó.

 “La Gallinita Rita me lo dijo”, contestó.

 “¡En efecto! ¡Yo lo vi con mis propios ojos y lo escuché con mis propios oídos, y una parte de él cayó en mi cabeza!”, exclamó ésta.

 “Pues yo iré con ustedes a decirle al rey tan sorprendente evento”, dijo el Pato.

 Los tres caminaron juntos hasta que se encontraron con la Gansa Luisa. “Buenos días, ¿adónde van?”.

 “El cielo se está cayendo y vamos a decírselo al rey”, dijo el Pato Tato.

 “¿Y cómo saben eso?”, preguntó la Gansa. 

 “El Gallo Mayo me lo dijo”, contestó.

“¡Yo lo vi con mis propios ojos y lo escuché con mis propios oídos, y una parte de él cayó en mi cabeza!”, interrumpió la gallinita Rita.

 “Vaya, vaya! Entonces iré con ustedes al palacio”, dijo la Gansa Luisa.

 Inmediatamente, los cuatro caminaron juntos hasta que se encontraron con el Pavo Gustavo frente a su jardín. “Buenos días... ¿a dónde se dirigen?”

 “El cielo se está cayendo y vamos a decírselo al rey”, dijo la Gansa Luisa.

“Pero, ¿Cómo saben que se está cayendo?”, preguntó.

 “La Gallinita Rita nos lo dijo”, dijo el Pato Tato.

 “¡Yo lo vi con mis propios ojos y...” otra vez contó lo mismo.

 “Qué interesante! Permítanme acompañarlos.

 Así, los cinco caminaron juntos hasta que se encontraron con el Zorro Polo. “Buenos días”, dijo. “¿Por qué caminan con tanta prisa, adónde van?”.

 “El cielo se está cayendo y vamos a decírselo al rey”, dijo el Pavo Gustavo.

 “¿Cómo saben que se está cayendo el cielo?”, preguntó.

  “La Gallinita Rita nos lo dijo”, exclamaron todos. 

  “¡Así es! Yo lo vi con mis propios ojos y... bla, bla”, repitió por enésima vez la gallinita.

  “Entonces vengan conmigo. Le mostraré un camino más corto al palacio del rey”, dijo el Zorro. 

 “Te lo agradeceríamos mucho porque debemos apresurarnos a decirle al rey que el cielo se está cayendo”, dijo Rita.

 “Claro! Solo síganme todos”, dijo el astuto animal. “Subiremos esta colina, cruzaremos el puente y bajaremos por ese camino. Y antes que se den cuenta, estaremos en el palacio real.   Al poco tiempo llegaron a la entrada de una oscura cueva.

 ¡Lo que no sabían, que en realidad esa era la cueva del Zorro Polo!

  “Pasen por aquí, y pronto estarán en el palacio”.

 El Gallo Mayo, el Pato Tato, la Gansa Luisa y el Pavo Gustavo entraron con el Zorro en la cueva. La Gallinita era la última de la fila, y estaba muy asustada, sabía que algo andaba mal. De pronto escapó corriendo y ¡no paró hasta llegar a su casa!

 Por desgracia, de sus amigos no se volvió a saber nada, así que han de imaginar su triste final. En cuanto al rey, nunca se enteró que el cielo se estaba cayendo a pedazos.

     Y colorín colorado, ¡este cuento se ha acabado!

Llegó el Invierno

   Ha llegado el invierno. El bosque, azotado por la ventisca, aparece vestido de blanco. La nieve protege la tierra de las inclemencias del tiempo y todo está desierto. ¡De los animales, ni su luz! Bueno, una simpática liebre asoma la nariz desde su refugio invernal, pues es muy curiosa y desea ver lo que ocurre afuera. 

-¡Uuuuuuh, qué frío!-exclama, tiritando. Sin embargo, no le apetece volver a dormir, de modo que se arregla bien y sale a la intemperie. Va a buscar a su amiga Ardilla, ésta duerme profundamente en su casa y parece molesta ante la presencia de la liebre. 

-¿Por qué me despiertas con el frío que hace?

- le pregunta, un poco fastidiada.

-Me aburría mucho y, como no me dieron ganas de seguir durmiendo, pues...  He venido a verte -contesta su visitante. 

 El caso es que ambas deciden salir a jugar en la nieve. Bien abrigadas, empiezan a tirarse bolsas blancas y hacer muñecos de nieve con pipa, bufanda y sombrero. Otros animales, entre ellos el castor, se dan cuenta de los juegos de la liebre  y de la ardilla y se unen a ellas.

  Al poco rato, el bosque se encuentra plagado de animales que juegan. Parece primavera, pero... ¡ay!, Al día siguiente, medio bosque tiene un tremendo resfriado.

 Algunos animales están con cuarenta de fiebre. ¡Menudo show han montado la liebre y la ardilla!

Moraleja: Amiguito, actúa siempre con moderación y así no sufrirás, por no tener precaución!!

La Tortuga Renegona

  En lo más profundo del bosque vivía una tortuga que cuando algo le fallaba, se ponía de un humor horrible, tan feo era su “mal genio” que hasta daban ganas de echarse a correr, pues arremetía verbalmente contra el primero que se le cruzaba en su camino. Si no podía hacerlo con un animal, para eso estaban las flores o las piedras pagando ellas el mal genio de ésta, sin tener culpa alguna ante tan mal genio.

  Era frecuente verla pelear con alguien, y sus rabietas no dejaban títere con cabeza. Sus amigos creían que lo mejor era romper con ella para siempre y la tortuga pareció adivinarlo, pues, tras uno de sus violentos enfados, cogió sus cosas y se marchó del lugar, pensando en no volver jamás.

 Pero al poco tiempo, todos se dieron cuenta de que, en el fondo, echaban mucho de menos a la tortuga “mal genio”.  Al fin y al cabo, sus enfados les entretenían mucho. Por su parte, la tortuga también añoraba a sus amigos y, claro!, de paso el poder echar la culpa a alguien de sus errores, y por eso pensó en regresar.

 Cuando volvió junto a sus amigos fue recibida con alegría y mucha emoción. Ahora las broncas siguen, sin duda, pero como ya todos se han acostumbrado a ellas... pues ya casi ni les preocupan!!!

Moraleja: Amiguito, piensa que la verdadera amistad te acepta tal y como eres, con seguridad!!!

Share/ Comparta

Follow Us/ Siganos:

Suscríbase!

Registrese para información de lo que pasa en El Aviso Magazine. Enterese de concursos, eventos y más!

 
 
 

Respetamos su Privacidad

 

Redes Social Network

Anunciese Advertise your Business

(323) 586-9199

4850 Gage Ave. Bell, CA 90201

Our Business is to bring YOU Business!

Joomla25 Appliance - Powered by TurnKey Linux